El bien y el mal

El origen del bien y el mal

Del latín bene, el bien es la perfección, lo deseable como fin, lo que mueve a su amor y logro. El bien absoluto es, para los creyentes, dios, y para todos, lo que es útil y beneficioso, lo que produce bienestar o dicha, lo positivo, lo estimable, lo que se ha hecho acertadamente, como es debido.

En contra, el mal, del latín malus, es lo que se aparta de lo licito u honesto, lo que causa daño u ofensa, la desgracia, la enfermedad, lo desacertado, lo contrario a lo debido, a lo que se espera, a lo que se desea, la muerte y, para los creyentes, el demonio, el pecado, y la condena eterna.

El mal en la teología

En el pensamiento teológico, la existencia del mal plantea una cuestión de la que se ha dado, y refutado, cien respuestas: ¿como se explica la existencia del mal en una creación gobernada por un ser supremo que es a la vez bueno y todopoderoso?

Parece que fue Epicuro, un filosofo griego que vivió entre los siglos IV y III antes de cristo, quien dejo en el aire esta cuestión al afirmar que, o bien dios puede impedir el mal y no lo hace, o bien quiere impedirlo y no puede: o no es bueno o no es todopoderoso.

Las soluciones propuestas se han basado en negar la existencia del mal -religiones persas, por ejemplo-, en negar la existencia de un dios todopoderoso -ateísmo-, en hacer que el mal sea una manifestación de un dios perverso enfrentado a un dios bueno -dualismo-, o en la idea platónica de que dios no es el origen de todo, sino solamente una pequeña parte de las cosas que le ocurren al hombre: el bien debe considerarse un efecto divino, mientras que habría que buscar otras causas para el mal.

Opiniones sobre el mal

San basilio, en el siglo IV, afirma que dios no es autor del mal: <no caigas en el error de suponer que dios es la causa de la existencia del mal. Ni imagines que el mal tiene una existencia propia. La perversidad no subsiste como algo vivo. Nunca se podrá poner delante de los ojos su sustancia como algo que realmente exista. Porque el mal es privación del bien>.

San Ambrosio, en el mismo siglo, escribe: <¿Que es el mal, sino la falta del bien? Los males provienen de los bienes; solo son malos los seres privados de bienes. Y ademas, los males resaltan los bienes. El mal es la falta de un bien. Es la ciencia del bien lo que hace distinguir el mal. Dios es el autor de todos los bienes, y todo lo que existe viene sin duda alguna de el. En el no hay ningún mal; y mientras nuestro espíritu permanece en el ignora el mal. Pero el alma no permanece en dios, es autora de sus propios males: por esto peca>.

San agustin de Hipona, también en el siglo IV, responde remitiendo al hombre a la inescrutabilidad de los designios divinos, una respuesta que ha condicionado la de todos los teólogos cristianos posteriores a través de santo tomas de Aquino (para los católicos) y juan Calvino (para los protestantes) el mal no fue creado por dios, pues su obra es siempre buena, sino que el mal es la ausencia del bien como la oscuridad es la ausencia de la luz. Esta idea como las zonas iluminadas, supone zonas de penumbra en las que algo de lo creado bueno pierde parte de su bondad y se vuelve corrupto, debido a la elección de seres dotados de libre alberdrio que se alejan de las cosas mas elevadas y escogen inferiores.

Dependencia del bien y el mal

El filosofo aleman Gottfried Wilhelm Leibniz dio, en el siglo XVIII, una respuesta mas científica: dios crea universos lógicos, y el mal, en cualquiera de sus formas, es parte necesaria del mejor de los mundos posibles. El dolor no puede suprimirse porque forma parte de la naturaleza, y el mal no puede eliminarse porque es imprescindible para la existencia de la libertad de que dios ha dotado a las criaturas angélicas y humanas. Plotino había afirmado muchos siglos antes que el mal tiene su lugar en la belleza del universo; lo que es contrario a la naturaleza de las almas es conforma a la armonía del universo, es una presencia fundamental a la mecánica del universo. En el mismo siglo XVIII, filósofos como Voltaire o Hume rechazaron tanto la idea de san Agustín como la de Leibniz, no admitiendo que se justifique tanto dolor con la idea de que forma parte imprescindible en la obra de creación de un dios infinitamente bueno. Esa idea de los filósofos de la ilustración se acentuó durante un siglo XX en el que tuvieron cabida horrores como el holocausto, ofreciendo una ultima respuesta, por ahora: el silencio de dios, el desinterés divino por las cosas humanas.

En la teología católica, siguiendo la doctrina dictada por san agustín, dios permite que el demonio ponga a prueba al hombre, como permite el mal, tanto material como espiritual, pero no lo crea ni lo causa.

Entendimiento del mal

El mal no debe entenderse como algo irrevocable, una caída definitiva, sino como un paso en falso en el camino hacia el fin ultimo para el hombre, ya sea una verdad indiscutible para quien tiene fe, pero ya sea el propio desarrollo personal para quienes no tienen la certeza de un dios personal.

Hay una tercera posición que ha tomado protagonismo en diferentes etapas históricas, en la que algunos miembros eclesiásticos y distintas tendencias religiosas se han movido con frecuencia: el temor a dios, la imagen de un dios siempre dispuesto a castigar a quienes no respeten las reglas que èl ha impuesto, un dios que infunde miedo.

Como expresiones religiosas del bien y del mal se encuentran la virtud y el vicio. La virtud es la propensión al bien y según la teología tradicional católica, nace de lo que la iglesia denomina virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, de las que derivan todas las demás. El mal, tendencia al pecado, a la negación de la voluntad divina, nace en el alma, siguiendo con lo que afirma esta doctrina clásica, por los tres enemigos de esta: el demonio, el mundo y la carne.